
La trilogía de colores de Krzysztof Kieslowski
Simbolizando en cada film un concepto distinto: libertad (Bleu), igualdad (Blanc) y fraternidad (Rouge) su focalización no excedía el ámbito del ser humano en cuanto a tal. Sin políticas o idealismos extremos: libertad emocional, igualdad de condiciones y oportunidades y fraternidad en cuanto al amor y solidaridad entre seres perdidos y solitarios. La trilogía aún cuando puede verse por separado es elemental verla en conjunto donde se descubren los símbolos en común y las interrelaciones perceptibles solo para el ojo atento y obsesivo. El símbolo madre es el del protagonista observando en ese momento crucial de la obra, donde los pensamientos se enfrascan y hay que decidir por donde seguir, a esa anciana casi desvalida colocando con cuidado las botellas vacías en el cubo indicado. Es la visión más grande y sublime de la solidaridad: un viejo que ya no tiene futuro en esta tierra tiene conciencia y compromiso por cuidar de todas formas un mundo que será de sus hermanos. Es la visión que el protagonista necesita para su propio reciclaje, el símbolo del renacer y del futuro existente.
Una singularidad visual brillante, aunque obvia en estos casos, es el predominio de cada color costituyente en cada uno de los films. El azul que marca la obscuridad, frialdad y tensión de ciertas escenas en Bleu, el blanco con sus paisajes y vestuario en Blanc y finalmente el rojo en Rouge donde los colores rojizos y las gamas que se desprenden de este intensifican los ambientes cálidos, los objetos de deseo, etc.
Tres piezas de una misma joya cinematográfica que además abarca diversidad de géneros como el drama, la comedia irónica y el romance.







